Relatos finalistas… de la LXIII edición

Aquí están:

RELATOS FINALISTAS

UN MAL ENTENDIDO

“Lo conocí enseguida aunque se había teñido el pelo, afeitado la barba y cambiado de look. Su risa era inconfundible, su voz también, la reconocí a pesar de los mil años que pasé en Venezuela. Creo que se extrañó al verme, o más bien diría que se asustó al verme sentada entre los demás testigos. Lo noté porque su estrepitosa risa se congeló en el mismo instante que me descubrió. Le juzgaban por asesinato. Yo no sabía a quién había matado, y me extrañaba porque lo consideraba un buen chico. La verdad es que todo este asunto me pilló por sorpresa cuando recibí la citación del juzgado, de hecho creí que era un mal entendido porque mi nombre estaba mal escrito. Pensé en aclararlo en cuanto me llamasen a testificar, pero no fue necesario.
A él casi le da un vahído; yo no entendía nada. Enseguida reaccionó y como loco empezó a gritar señalándome con el dedo:
– ¡Es ella, esa… la que dicen que maté!

QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA…

“Lo conocí enseguida aunque se había teñido el pelo, que llevaba bastante más largo y un poco descuidado. Se ve que por fin se había animado a cubrir unas canas que habían empezado a asomar demasiado pronto. La barba de tres días le daba un aspecto cansado, aunque no le quedaba nada mal. Ahora usaba gafas, y su figura se había redondeado ligeramente. Pero era él, sin duda, inconfundible. Con su ropa de siempre: vaqueros, una camiseta desgastada (juraría que esa ya la tenía por aquel entonces), zapatillas viejas… Volvía a encontrarme con el chico que nunca dejó de hacerme sonreír. Mi chico. Y seguía siendo tan guapo… Notaba que me iba poniendo nerviosa a medida que me acercaba a donde estaba, como antes, como al principio.
–Hola, Mario. ¡Cuánto tiempo! ¿Te acuerdas de mí?”

LARGO Y RUBIO

Lo conocí enseguida aunque se había teñido el pelo” Era Óscar Murillo. Había pensado muchas veces en este momento, en cómo reaccionaría al verlo de nuevo. Qué le debía decir, en qué tono debía dirigirme a él, en si debía pedirle explicaciones o directamente insultarle. A solas en casa me había imaginado infinidad de veces en esta situación, y en mi imaginación siempre me pasaba lo mismo, empezaba a alterarme y a hablar en voz alta, en un monólogo en el que él no hablaba, tan solo escuchaba, hasta finalmente desahogarme, y si, de alguna manera esta era mi terapia. En otras ocasiones me imaginaba a mí, como autoridad moral, sentada delante de él, en un tono más relajado, explicándole cómo me había hecho sentir después de todo este calvario, y haciéndoselo finalmente entender. Sin embargo, lo vi allí, esperando el metro, con el pelo rubio y largo. Pero no, no le dije nada, no quería, seguí mi camino.

Podéis pasaros por GÁLGALA para votar al ganador… nos encantará veros!
🙂

Esta entrada fue publicada en Concurso Literario, Relatos seleccionados. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *